16 abril 2006

Cuatro son, ya no

Cuatro santos días, cuatro. Eternos cuatro. Efímeros cuatro. Sin nada que hacer. Los días se suceden, tanto por hacer, nada hecho.
Como comienzo de fiesta, llegar a casa antes que Ocaso, poder saludarle desde la ventana. Juerga loca, a solas, sin más. Tan sólo, tan sólo por verlo desde mi hogar.

Días eternos, recuperando sueño, diez, doce horas, y a veces más.

Lo mejor, el jueves, salgo a correr, corro entre montañas, entre prados, bosques, ríos; chapoteo en el barro, y me dejo observar, por ojos, decenas de ojos, de vacas, terneros ¿De quien más? No, ya no hay más. Lorenzo enrojece, le veo marchar, pero en su camino me deja admirar, las tierras que en verde acaricia y torna color bermellón. En este momento, sentí gran dolor, por tanta belleza, por verla sólo yo. Sentí la alegría de poder disfrutarla por lo menos yo.
El viernes, el sábado intenté atar una cuerda al tiempo, y de ella tirar; pasa, pasa rápido, no quiero pensar, que llegue ya el lunes, y volver a empezar.

Entre tanto tiempo con poco que hacer, vi a mi camarita, triste, sola, con ganas de acción. La cogí en mis manos, y allí que nos fuimos las dos de excursión. Hoy no habrá muestras, la dejaré descansar, ya mañana, se verá el producto, de nuestro pasear.

Por fin, ya se ha ido, se acabó esta tregua, de vuelta otra vez: con la misma gente, volver a actuar, bendito trabajo, odiado trabajo.

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