El peso del esfuerzo se agarra a mis párpados para sumergirlos en la inconsciencia. En la inocencia.
Música que se clava en mi piel, y desgarra mis tejidos, se desliza por mi cuerpo. Lo recorre y lo desgarra. Sangre que se mezcla con sudor. Vapores que se elevan e impiden respirar. Torbellinos volátiles. Relajarse al ritmo de canciones desconocidas. De voces conocidas. Regalos de cumpleaños. Sorpresas de última hora.
Lágrimas que se deslizan por las mejillas.
Sueños de irrealidad. Realidad construida a base de sueños.
Botellas vacías.
Silencios eternos.
Caos nutricional.
Volúmenes que juegan con ganar espacio. Lucha de moléculas.
Encuentros fortuitos.
Torbellino de palabras.
Perfumes innecesarios. Comerse a la presa sin dejarla protestar. Emisión imposible de sonidos.
Voces dulces que me susurran en los oídos.
Resúmenes de días que no tienen fin. De noches solitarias. De tiempos eternos.
Cascadas que luchan por seguir su ruta, su camino. Que brotarían de nuevo. Sistemas parasimpáticos que conquistan al más simpático. Y lo traicionan.
Trabajar. Trabajar. Trabajar. Trabajar.
¿Vivir?
¿Aire?
¿Sol?
Pieles que luchan por unirse. Por olerse. Por tocarse. Por sentirse.
Fuego.
Agua. Mar. Río.
Sol. Sólo. Sola. Solamente.
Formar palabras de lo irracional. Racional. Razonar. Racionar.
Perderse entre las sombras. Seres solitarios.
Párpados de nuevo. Protagonismo ausente. Oscuridad presente.
Pelotas humanas.