Soy vaga hasta para escribir.
La desidia se instala en mis venas, en mis huesos, en mi piel, obstruye mis sentidos y controla mi ser y mi hacer. Desencadena en la sociedad que me rodea un estado de ansiedad y nerviosismo.
Provocación de un plan, eso hago, y en su llevarlo a cabo, ralentizo el proceso, lo desgloso, lo desmigajo. Un plan no anhelado, pero sí esperado, y desde hace mucho, mucho tiempo.
Anduve por las calles, tratando de encontrar algo más que los dos pantalones que tengo en mi haber, y en mi desesperanza y mi desazón, hallé consuelo en mis pensamientos, y en algo que plasmar sobre un papel, o tal vez, como se dió el caso, sobre una pantalla.
Qué fácil de complacer el ser humano, con aquello que cree que quiere, con lo que le hacen creer que necesita. Qué gustos más similares los unos a los otros. Con que facilidad se acostumbra a lo que le dan. Ya sea bueno, ya sea malo. Odiaba el café. Lo sigo odiando. Me sienta mal. Y aún así, lo tomo casi a diario, por tomar algo caliente y dulce, y que no sea el que me lleve a ser dos flores en lugar de una. Y es que la sociedad, y es que el entorno, y es que estas costumbres, son las que te hacen ser así. Cinco mil tipos de café, y no te ofrecen más que un mísero tipo de té. Que desfachatez.
Días de intensidad variable, como la nubosidad, y de microcélulas y microespacios. Todo un honor. Todo un placer.
La desidia se instala en mis venas, en mis huesos, en mi piel, obstruye mis sentidos y controla mi ser y mi hacer. Desencadena en la sociedad que me rodea un estado de ansiedad y nerviosismo.
Provocación de un plan, eso hago, y en su llevarlo a cabo, ralentizo el proceso, lo desgloso, lo desmigajo. Un plan no anhelado, pero sí esperado, y desde hace mucho, mucho tiempo.
Anduve por las calles, tratando de encontrar algo más que los dos pantalones que tengo en mi haber, y en mi desesperanza y mi desazón, hallé consuelo en mis pensamientos, y en algo que plasmar sobre un papel, o tal vez, como se dió el caso, sobre una pantalla.
Qué fácil de complacer el ser humano, con aquello que cree que quiere, con lo que le hacen creer que necesita. Qué gustos más similares los unos a los otros. Con que facilidad se acostumbra a lo que le dan. Ya sea bueno, ya sea malo. Odiaba el café. Lo sigo odiando. Me sienta mal. Y aún así, lo tomo casi a diario, por tomar algo caliente y dulce, y que no sea el que me lleve a ser dos flores en lugar de una. Y es que la sociedad, y es que el entorno, y es que estas costumbres, son las que te hacen ser así. Cinco mil tipos de café, y no te ofrecen más que un mísero tipo de té. Que desfachatez.
Días de intensidad variable, como la nubosidad, y de microcélulas y microespacios. Todo un honor. Todo un placer.
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