Es curioso como duele a veces el encontrarse a antiguos amigos por la calle. Esos, que ahora pasaron a ser desconocidos. Esos que ya ni te van ni te vienen. Esos de los que has dejado de acordarte, porque esa amistad pasó a mejor vida, porque ya no hay nada de aquella complicidad, de aquellas risas juntos.
Es curioso como, al volver a veros, no sabéis qué deciros, cómo os miráis los dos, y habláis casi del tiempo.
Y es que esta noche, al volver a casa, del trabajo, me encontré a una antigua compañera de fiestas y veranos, amiga de Mediana, y amiga mía. Por lo menos, me ha saludado ¡Flor de Ceniza, qué tal! y así, nuestra conversación ha comenzado, y ha durado la eternidad de 4 ó 5 minutos, en los cuales no he llegado a averiguar quien estaba más incómoda. Al darme la vuelta, y seguir mi camino, me puse a pensar en la forma en la que algunos cambian, o todos lo hacemos, mejor, y nuestros gustos, nuestros ideales, nuestras metas, nuestras vidas, todo, se separa, diverge sin posibilidad de vuelta atrás, sin retroceso. Armas cargadas apuntando a diferentes dianas, cada una de un color, de una forma. Y así, me ha dado pena, el hecho de ver que ya nunca más querría irme con esta chica de copas, ni de fiestas de pueblo en pueblo, ni querría dormir de nuevo en una tienda de campaña con ella, ni tantas cosas que antaño compartimos. Lo malo no es que ya no esté, lo malo es que desapareció paulatinamente, sin previo aviso, sin anunciarse su ruptura. Y es lo que no me termina de gustar de las amistades, que se dejan enfriar, y que, salvo excepciones, nunca se cortan de golpe. Prefiero una relación amorosa cortada de raíz, prefiero una relación de amistad aniquilada al instante, que una dejadez extrema que enfríe como el aliento polar de una tormenta del Ártico, que se cuela por cada rendija de amistad, cada rincón de alegría, de amor y de odio, y quiebra, resquebraja y deshace lo que surgió sin acuerdo y sin querer, que apareció con timidez o con brusquedad, pero que permaneció el tiempo necesario como para que, años después, al recordarlo, su ausencia duela.
Estoy pensando en noches pasadas, noches insomnes por causas propias y por causas ajenas, y ahora, la duda eterna, maldita ella, zascandilea de nuevo por mi cabeza hueca, creando confusión a mis ya de por sí aturdidas neuronas. Es curioso como la corriente siempre me arrastra hacia donde quiere, sin dejarme coger un chaleco salvavidas, obligándome a nadar sin rumbo, sin brújula, y yo, a veces dejándome llevar, a veces buceando entre algas y desperdicios oceánicos.
Odio a muerte mi veletismo.
Es curioso pensar que hay cosas que sin decirlas están, y que aunque no se sepan, merodean por aqui, y siempre lo harán, buscando el momento de emerger, y con ello, sacrificarse en pro de algo más digno, de algo mejor, para la tripulación.
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